En pro del mercado formal

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  • Publicado: 19 julio, 2019

Después de varios años de buenas noticias en el mercado laboral, con tasas de desempleo por debajo de dos dígitos –incluso durante períodos de contracción económica–, y altas tasas de ocupación y participación, la tendencia cambió, y hoy la tasa de desempleo vuelve a estar por encima del 10 %.

Sin duda, la elevación de la tasa de desempleo es una situación preocupante que hay que atender, pero no de cualquier manera, y mucho menos con populismo económico, que al final siempre termina perjudicando a quienes supuestamente pretende beneficiar.

El comportamiento reciente del mercado laboral no es más que la manifestación de los desafíos estructurales que limitan precisamente la generación de empleo y la reducción de la informalidad. En ese sentido, es preciso que quienes están a cargo de la política pública entiendan cómo funciona este mercado y el momento por el que atraviesa, y se enfoquen en estrategias que ataquen las causas estructurales de los problemas.

Es incomprensible, por tanto, que en lugar de discutirse temas como la flexibilidad del mercado laboral para ajustarlo a las necesidades de la nueva economía, se insista desde el Congreso en la propuesta de crear una “prima de la canasta familiar” –una prima extra para empleados que devenguen hasta tres salarios mínimos–, propuesta que al aumentar los costos laborales no salariales tendría, según evidencia empírica, impactos negativos sobre la generación de empleo formal.

Son muchas las rigideces del mercado laboral. Para comenzar, el marco que regula las relaciones entre empleadores y trabajadores no responde a la estructura productiva actual ni a los retos de la nueva economía. Desde su adopción en 1950, el Código Sustantivo del Trabajo se ha modificado poco, lo que explica sus ambigüedades y obsolescencia normativa, y la ausencia de mecanismos que equilibren la flexibilización de los esquemas de contratación y despido con la protección a los trabajadores y su acceso a seguridad social.

La informalidad laboral, por su parte, es alta por cuenta de la también elevada informalidad empresarial. De hecho, esta última informalidad, medida en relación con empresas no inscritas en el registro único empresarial y social –Rues–, es del 60 % del total de las firmas y del 75 % del total de las microempresas.

De otra parte, la productividad laboral –producto por hora trabajada– es baja, incluso frente a la de países de la región, y representa alrededor del 25 % del valor de la de Estados Unidos. En promedio se requieren cerca de cuatro veces más horas de trabajo en Colombia para producir el mismo valor agregado que una hora de trabajo en ese país.

Además de baja, la productividad laboral no guarda relación con el nivel del salario mínimo. Según datos de la OCDE, el salario mínimo en Colombia representa el 86 % del salario mediano, es decir que al menos la mitad de los trabajadores reciben ingresos inferiores a este valor. En otras palabras, el salario mínimo no cumple con su función de piso salarial y de productividad laboral. La razón, porque su fijación obedece más a consideraciones políticas que a criterios de inflación y productividad, como lo establece la teoría económica.

La generación de empleo de calidad y bien remunerado es una prioridad, ya que de esto depende el bienestar y calidad de vida de la población. Es hora de fortalecer las condiciones del mercado laboral, en beneficio de todos los trabajadores, empezando por la actualización del Código Sustantivo del Trabajo. No hay más tiempo que perder.

Rosario Córdoba Garcés
Presidenta del Consejo Privado de Competitividad

Sobre el autor

Rosario Córdoba Garcés

Economista y Magister en Economía de la Universidad de los Andes. Actualmente se desempeña como presidente del Consejo Privado de Competitividad



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